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Seminarios

 MEMORIA Y DERECHOS HUMANOS

(Seminario en Colegio de profesores)

Resulta complejo hablar de memoria, cuesta definir el concepto, incluso plantearlo en los debates académicos, políticos y cotidianos es un ejercicio arriesgado, puesto que cada cual tiene una definición propia de lo que memoria es. A las agrupaciones de Derechos Humanos, como la que representamos, se nos suele acusar de exceso de subjetivismo y/o particularismo, denostando de esta forma nuestra labor sobre la memoria, sumado esto a las imágenes pantalla promovidas por ¿tendenciosos, malintencionados? que siguen polarizando y extremando los discursos, buscando anular así en una especie de “empate técnico” las posiciones divergentes. Incluso hemos llegado a mezclar, sin la más mínima discusión, la memoria con la historia ¿Cuantas veces hemos escuchado el concepto “memoria histórica”[1]? Y si hablar de memoria resulta complicado, imagínense además plantear que hay usos y abusos de la misma.

Son varias las ideas claves que debemos tener en cuenta al momento de evaluar nuestro trabajo en este ámbito. El primero, es saber que la memoria es un relato, y como es un relato social conlleva transmisión, es decir, hay un traspaso de saberes, experiencias y espacios a las nuevas generaciones. De ahí que la memoria se vincule a lo tangible, a lo intangible, a la idea de conservar y preservar lugares, sitios y archivos de memoria de generación en generación.

Pero la Memoria también es una disciplina, y como tal es amplia y variada, además de compleja pues contiene muchas aristas. Vale decir, que si bien sus orígenes provienen de la filosofía griega, lo que conocemos hoy como Memoria, tuvo su auge con los acontecimientos traumáticos de la segunda guerra mundial, principalmente con el Holocausto, con el exterminio de seres humanos, con Auschwitz, que no sucedió hace mucho, ni está tan lejos en nuestro recuerdo.

Ligamos Memoria con los Derechos humanos, porque justamente la era contemporánea ha estado plagada de violaciones sistemáticas en todo el mundo, particularmente en el Cono Sur de nuestro continente y por supuesto en Chile. En nuestro caso, hablamos de experiencias delicadas, de terrorismo de Estado, lo que significó y significa un tremendo trabajo de elaboración y transmisión. Hablamos por tanto de la Memoria de la Historia Reciente de Chile y lo hacemos señalando que ésta es “hija del dolor”[2], lo enmarcamos entre el 11 de septiembre de 1973 hasta nuestros días. Comenzamos asegurando que hacemos frente a un pasado que no pasa, que nació de un dolor y una serie de acontecimientos violentos que marcaron la realidad de miles de chilenos, como nunca antes en la historia contemporánea de nuestro país.

La experiencia de este amargo tiempo, creó varios «marcos sociales», que encuadraron una serie de acontecimientos y acciones sociales e individuales, organizaciones que lucharon contra las violaciones a los Derechos Humanos cometidas por la Dictadura cívico-militar. El amparo, las denuncias, las discusiones, las batallas judiciales y simbólicas que dieron la Comisión Chilena de Derechos Humanos, la Vicaría de la solidaridad, entre otros, hicieron una notable diferencia. Sin embargo, pasado los años hemos sido testigos y en algunos casos protagonistas del tránsito democrático que lleva nuestro país, del hecho que donde no ha habido justicia plena, no puede haber verdad, ni menos reparación, tal como lo establecen los tratados internacionales y otros casos en América Latina y Europa:

El presidente Patricio Aylwin señaló al comienzo de su gobierno que se haría justicia «en la medida de lo posible», expresión que enojaba a muchos al no expresar una voluntad de hacer justicia a cualquier precio. Sin embargo, representaba un gran cambio en relación con la vía histórica de reconciliación política que excluía casi por definición la vía judicial (Lira, 2009: 97).

La captura de Pinochet en Londres en 1998, marcó un antes y un después en la sociedad chilena, la correlación de fuerzas permitió ir logrando avances en el esclarecimiento de la verdad de los hechos que ocurrieron como fundamento primordial de la reparación política, histórica y económica de los acontecimientos desatados por el terrorismo de Estado durante el período de 1973-1990.

Visto como proceso las Comisiones de Verdad y Justicia (Rettig), de Prisión Política y Tortura (Valech), y las investigaciones hechas por ambas, las cuales arrojan una cifra aproximativa de víctimas: 1.100 detenidos desaparecidos, 2.116 ejecutados políticos, 38.256 sobrevivientes de prisión política y tortura, 1 millón de exiliados (vale decir 10% de la población en 1973), de los cuales 160.00 exiliados políticos. 1.231 recintos de detención informados… Si continuamos el proceso, en democracia se creó el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, que junto a una serie de recuperaciones y puesta en valor de sitios de memoria donde funcionaron centros de tortura, concentración y exterminio, le fueron dando cuerpo poco a poco a una Justicia Transicional, que no es otra cosa que la Responsabilidad que le cabe a todo Estado, tal como lo señalara el filósofo alemán Karl Jaspers, hablando sobre la cuestión de la culpa y la responsabilidad política en relación al terrorismo de Estado.

Al respecto, no podemos negar algunos avances en materia de “justicia”, pero ¿Qué paso en materia de verdad y memoria? ¿Enfrentamos realmente el exilio, que al parecer se ha instalado históricamente para olvidar a las víctimas a partir de historias mal contadas? ¿Qué entendemos por memoria y olvido en este caso concreto? Este período ha marcado contornos de la memoria y signado procesos de la misma que vale la pena interpretar. Al igual que en otros países, el fenómeno de negacionismo se ha instalado y está siendo usado como slogan político, para movilizar valores de ultra-derecha, que tanto mal le han hecho a la humanidad. Como señalara el propio Jaime Castillo Velasco:

“(…) quienes no aceptamos ni los conceptos, ni los procedimientos ni las consecuencias del Gobierno encarnado por el general Pinochet, (cualquiera sea la actitud que hayamos adoptado frente a la Unidad Popular), tenemos, en cierto modo, el deber moral y político de ensayar una respuesta”.

El negacionismo lo vemos como parte de la Memoria y del olvido, donde ambas son parte de la misma moneda y nos es sólo representativo de nuestra sociedad: Friedrich Nietzsche, en sus «Consideraciones Intempestivas» intentó en su contexto social (Siglo XIX), recalcar “la necesidad de saber olvidar” como posibilidad para la acción. Ernst Renan en su llamado “principio de cohesión”, donde los “hechos disruptores” del pasado deben ser totalmente relegados.[3] Sigmund Freud, recalcó que el olvido forma parte de la memoria, y llegamos a Paul Ricoeur y sus “figuras del olvido”: “el olvido por destrucción de huellas”, “el olvido como memoria impedida” y por último, “como memoria manipulada”.

Ricoeur, condensó toda esta problemática en relación al grado de profundidad del olvido, su inscripción como huella psíquica, que relacionó con la fiabilidad de la memoria, a partir de la cual fue articulando la problemática de la transmisión y representación del pasado. Es así, que en “Historia, Memoria y Olvido” abarca tres formas de olvido: «El olvido por destrucción de Huellas», «El olvido y la persistencia de las huellas» y por último «El olvido de rememoración: uso y abuso».[4]

Si nos alejamos de la problemática del olvido y volvemos a la memoria, la socióloga argentina Elizabeth Jelin aclara en su libro “Los trabajos de la memoria”, que hablar de trabajos de memoria implica un recorrido, una transformación, un qué hacer. Ante situaciones o hechos que tienden a destruir o fijar la identidad se requiere un trabajo, la capacidad de elaborar el trauma como lo afirma citando a Dominick LaCapra:

En el trabajo elaborativo (…) la persona trata de ganar una distancia crítica sobre un problema y distinguir entre pasado, presente y futuro (…) Puede haber otras posibilidades, pero es a través de la elaboración que se adquiere la posibilidad de ser un agente ético y político (Jelin, 2002: 15).  

El desafío al trabajar con estas situaciones límites es entenderse con la particularidad de la memoria en esos casos, haciéndose cargo de aquellos lapsus, ausencias o imágenes pantalla que impiden la elaboración de un relato que posibilite el retorno y la reflexión de aquellas experiencias vividas. En palabras del sociólogo e historiador Michael Pollak, no es sólo del autor del crimen del que hay que preocuparse: “(…) sino aquellos que, al forjar una memoria oficial, condujeron a las víctimas de la historia al silencio y a la renegación de sí mismas”.[5]

¿Cómo enfrentar no sólo la destrucción de huellas, sino la movilización o la puesta en relato de pasados negados de dimensiones criminalizadas y avergonzadas? Nuestra problemática gira entonces en torno a los obstáculos para la memoria y los alcances de estas barreras para la articulación identitaria.

Podríamos hablar de recorridos de memoria[6] e identidad en el Chile Reciente. Como lo explican los autores Enzo Traverso[7], Henry Rousso[8], Paul Ricoeur[9] para el contexto francés, una primera etapa es la del “acontecimiento fundador”, aquellos “actos violentos” legitimados por una estructura estatal e ideológica fuertemente autoritaria pero a su vez precaria en sus cimientos. Luego devendrá una “fase de olvido” que se estructura a través de una amnesia y silencio, “fase de represión[10] nos dirá Ricoeur, a partir de la “instauración de un mito dominante”, mito fundamentado en una institucionalidad precaria que irremediablemente propicia un “retorno de lo inhibido”, o como lo plantea Enzo Traverso “(…) una etapa de anamnesia, de recuperación de la memoria”[11].

Por último, una fase de radicalización, en la cual esta memoria se puede volver obsesiva. Sin embargo, a diferencia de Europa el caso Latinoamericano –y en específico el chileno- estamos viviendo aún una fase de represión de aquella memoria. Es así como también, se “organiza el olvido”, como veremos entre recuerdos pantallas, exhortaciones del olvido y por último, un renacimiento peligroso y a veces ambiguo de la memoria.

Siendo así, dejamos las capas de la experiencia para irnos a las manifestaciones del olvido que guardan estrecha relación con las formas de uso y abuso de la memoria, de esta forma la triada de “Memoria Impedida”, “Memoria Manipulada” y “Memoria Obligada” con las que trabaja Paul Ricoeur se transforman en vectores de análisis para el fenómeno que tratamos.

Con el retorno a la democracia los organismos de DDHH han tenido bastantes problemas para vigilar y supervisar la transición. La cooperación internacional se retiró y con ello convenientemente desaparecieron la mayoría de los medios de comunicación alternativos al establishment, y los organismos como la CCHDH se sustentan a puro corazón en un espacio cada vez más decadente en la construcción de una memoria ejemplar. Enfrentamos las secuelas dejadas por el régimen militar, en especial una Constitución anti democrática que propicia el silencio y (la) negación a la que ha sido sometida toda la sociedad chilena, sobre todo en los aspectos consensuales y (en) las responsabilidades criminales. Hay toda una generación que duda de los hechos ocurridos durante la dictadura militar, que no dimensiona lo que significó/(significa) el terrorismo de Estado.

Como lo expone Jaime Castillo Velasco son las “Memorias” del General Augusto Pinochet las que “relatan”, “explican” y “justifican” el actuar durante el golpe de Estado y los diecisiete años de dictadura. Son estas ideas las que se reproducen constantemente: “Todo un conjunto de propósitos, que afectan a la sociedad de ayer y hoy, queda una vez más tendido sobre el porvenir” (1995: 09). Esta advertencia de don Jaime Castillo Velasco resulta concreta hoy en día.

Para terminar queremos plantear la importancia de la transmisión. Quiénes han sido testigos de determinados acontecimientos violentos, difícilmente los olvidarán, pero para aquéllos que no los han vivido personalmente, estos acontecimientos simplemente no habrían existido si la memoria y el esfuerzo por preservarla no hubiese sido trasmitida. Es el problema que se plantea siempre con las nuevas generaciones. De allí, la importancia de la transmisión oral, en el seno de la familia y/o de grupos sociales más amplios, junto a una transmisión más institucional que se efectúa desde la escuela, de las conmemoraciones, los monumentos, la atribución de nombres de calles, etc.

[1] El historiador italiano Enzo Traverso, a partir de la ley de «reconocimiento y de reparación» que se votó en España el 2007 y que es conocida como “ley de memoria histórica” (ley que buscó dar respuesta a la demanda social que existe en este país en torno a los crímenes cometidos por el Estado español durante la dictadura franquista), planteó sus reparos ante tal identificación. Esto debido a la dificultad de confundir ambos términos: “(…) la memoria es un conjunto de recuerdos individuales y de representaciones colectivas del pasado. La historia, por su parte, es un discurso crítico sobre el pasado: una reconstrucción de los hechos y los acontecimientos pasados tendiente a su examen contextual y a su interpretación”. Según lo que plantea este historiador, el problema surge cuando la memoria dicta de una forma absoluta como una “sociedad debe pensar su historia”. El pasado no puede ser una cuestión solo de la memoria y la historia un marco de referencia, o terminar viendo aquella memoria como algo muerto por llevar el epígrafe de histórica. Traverso, Enzo. “La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del Siglo XX”. Buenos Aires: FCE, 2012, pp. 281-282

[2] Flier, Patricia. Seminario: Historia, memoria e imaginarios. Estudios y representaciones de la historia reciente Argentina y del Cono Sur. Universidad Nacional de La Plata, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Departamento de Historia. Año 2011.

[3] Elizabeth Lira y Brian Loveman, han estudiado bastante la historia nacional de reconciliaciones, luego de “momentos de violencia” que han caracterizado las reestructuraciones políticas del Estado chileno (1814-1818-1830-1891-1925-1973). En estos “tiempos de ruptura”, han podido dar cuenta del desenlace que tienen los conflictos y, cómo, la memoria de los vencidos se confronta a esa razón de Estado en donde el requisito primordial para restablecer la concordia y la paz social, se ha fundamentado en amnistías impuestas por los vencedores. Leyes, donde el olvido es instalado jurídicamente “(…) y la impunidad completa como condición de reconciliación política”. Lira, Elizabeth. “Las resistencias de la memoria. Olvidos jurídicos y memorias sociales”. En Vinyes, Ricard (ed.). El Estado y la Memoria. Gobiernos y ciudadanos frente a los traumas de la historia. Buenos Aires: Del Nuevo Extremo: RBA (España). 2009, p. 67. Haciendo un breve resumen de los conflictos civiles y militares que ha vivido Chile, Elizabeth Lira y Brian Loveman comienzan con el período de la Reconquista realista entre 1814 a 1818. Continuando, con la guerra civil que enfrentó a sectores liberales y conservadores. Nuevamente siguiendo la regla impuesta por el padre del Estado chileno (Portales), se suprimió de la historia nacional el imaginario político de 1891 y, en particular, la figura del Presidente liberal derrocado, José Manuel Balmaceda (1840-1891): “Las guerras civiles del siglo XIX, y en particular la de 1891, forman parte de un imaginario casi suprimido por las exigencias de reconciliación política que en todo momento implicaron intentar hacer desaparecer con las amnistías «hasta el recuerdo de las pasadas convulsiones», según la expresión del historiador Francisco Encina. La memoria de la sangrienta Guerra Civil de 1891 se convirtió en un fantasma amenazante durante el Gobierno de la Unidad Popular (1970-1973). En ese período, distintas voces anunciaban que el país se encaminaba a una guerra civil como aquélla y se evocaban los recuerdos de sus desastrosos efectos que habían separado a las familias, a las instituciones y al país” (Lira, 2009: 75). El siglo XX también sería testigo de dos dictaduras más, la de los Generales Carlos Ibañez del Campo (1927-1931) y Augusto Pinochet (1973-1990). Dictaduras donde las acciones represivas fueron legalizadas bajo estados de excepción, donde no solo hubieron arbitrariedades por parte de las instituciones y agentes del Estado, sino que se legislaron constituciones, leyes, amnistías y programas culturales que buscaron reestructurar y alejar de la política a la sociedad chilena. En el primer caso, la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo –como explica Elizabeth Lira- los opositores políticos “(…) fueron objeto de vigilancias, seguimientos, interceptación de sus comunicaciones telefónicas y de su correspondencia; de allanamientos de domicilio sin orden judicial, detenciones y torturas, deportaciones y confinamiento a lugares apartados de Chile y fuera del país sin importar si se tratara de miembros del Congreso, periodistas, dirigentes políticos y sindicales, empresarios, subversivos, rufianes y sospechosos de [ser] comunistas. Los exiliados, como los disidentes internos, fueron vigilados por los agentes de la Policía Político-social en una red de organizada por el director de la Policía de Investigaciones (…) que vigiló e infiltró las organizaciones sociales y sindicales, las organizaciones estudiantiles, profesionales y religiosas, las actividades de las parroquias, de los clubes sociales y deportivos, las oficinas públicas y la vida privada y social de las elites políticas” (2009: 78). Para el caso de la dictadura militar que lideró Augusto Pinochet, la reconstrucción de la unidad nacional estuvo basada en una “reconciliación inquisitorial” que fue un cambio respecto a los otros casos de conflicto y posconflicto vividos en Chile. Primero, sus medidas de pacificación se fundamentaron sobre la base de “liberaciones condicionales”, “vigilancia permanente” a los vencidos. Era imposible la reconciliación con los marxistas, se era culpable y perseguido por el solo hecho de haber formado parte de la administración de Allende o de su imaginario político, se era culpable de haber participado o pensado en instalar un régimen “leninista” en Chile, faltando a los valores de la Patria. Por esta razón, se mantuvo durante toda la dictadura el estigma sobre el condenado: “(…) según el modelo de reconciliación y “reconstrucción nacional” propiciado por el gobierno militar, la reconciliación no se hace con “el mal” pero se puede sentenciar a “los malos” a reconciliación, manteniendo la vigilancia ya que es posible que reincidan en su herejía o que surjan nuevos vectores de contaminación subversiva (lo que se llamaba “gérmenes liberales” en el Chile del siglo XIX). Surge de esta realidad la necesidad de custodiar y proteger, en forma permanente, los valores cristianos y las “buenas costumbres” frente al desafío de los herejes y subversivos. En esto consistía la reconciliación de la Inquisición de antaño y la del gobierno militar desde 1973. Tenía, en este sentido, un carácter parecido al régimen franquista en España, donde «se celebraba la paz, sí, pero es una paz al acecho, es una calma que vigila, que no se olvida de que tiene al enemigo en casa; es una paz que advierte a la oposición de la capacidad defensiva y ofensiva del régimen. Es una paz casi agresiva, incapaz tanto de producir integración social como de crear una identidad colectiva válida para todos»” Loveman, B., & Lira, E. “Las ardientes cenizas del olvido: Vía chilena de Reconciliación Política 1932-1994”. Santiago de Chile: LOM-DIBAM. 2000, p. 408-424

[4] En el caso de las dos primeras formas de olvido, la discusión gira alrededor de la inscripción de la huella o como lo explica de la “impresión” dejada por un acontecimiento, centrando en estas dos primeras la discusión entre la dialéctica de presencia, de ausencia y de distancia, en torno a la representación “presente del pasado ausente”. En relación a la tercera clase de inscripción, aquella que habla de la persistencia de las “impresiones primeras”: “(…) un acontecimiento nos ha afectado, impresionado, y la marca afectiva permanece en nuestro espíritu” (p.547). Son estas inscripciones-afecciones las que podrían resolver el enigma de la representación de la ausencia a través de la huella mnemónica, aquella capaz de guardar “(…) la significación más disimulada, pero la más originaria, del verbo “permanecer”, sinónimo de “durar”(548). Un olvido de reserva, no es un olvido destructor, sino uno estratégico, desde el cual dependiendo de la situación en el presente se alimentara la memoria o la historia al rememorar aquellas experiencias ( 565-566)

[5] Pollak, Michael. MEMORIA, OLVIDO, SILENCIO. La producción social de identidades frente a situaciones límite. La Plata: Ediciones Al Margen. 2006: p. 23

[6] Podríamos utilizar además de estos recorridos explicados, el itinerario que nos plantea el historiador Steve J. Stern entorno a lo que él llama “Memorias emblemáticas” aquellas memorias que funcionan como cuadro, como marco, nos atreveríamos a decir como encuadramiento de aquellas memorias y contra-memorias dispersas, de aquellas memorias sueltas, que van articulando las formas de recordar y olvidar en Chile. Una primera memoria emblemática es la “memoria como salvación”, es la memoria de la Derecha y de los Militares en Chile, es la memoria del “caos marxista” en el cual estaba sumido Chile. Posterior a esta memoria, aparece una como “ruptura” aquella que muestra el drama del terrorismo de Estado, la desaparición y el trauma se entretejen en este relato de familiares y amigos que llevan como un estigma aquella “herida insoportable” que significó la desaparición y muerte de sus seres queridos. La tercera Memoria emblemática, al igual que la segunda mantiene su crítica frente al régimen militar, es una memoria democrática, ejemplar tal vez en palabras de Todorov, esta memoria es bastante ambigua dependiendo del sector social y político que la enarbole. Por último está la memoria como olvido o “como caja cerrada”: “Son memorias peligrosas para las vidas personales, familiares y colectivas del país”. Stern, Steve. De la memoria suelta a la memoria emblemática: hacia el recordar y el olvidar como proceso histórico (Chile, 1973-1998), en Garcés, M.; Milos, P.; Olguín, M.; Pinto, J.; Rojas, M.; Urrutia, M. (Comp.). Memoria para un nuevo siglo. Chile, miradas a la segunda mitad del siglo XX. LOM Ediciones, Santiago de Chile, 2000, pp. 15-17

[7] Traverso, Enzo. Memoria, olvido, reconciliación: el uso público del pasado… Op. Cit.

8] Rousso, Henry. Le síndrome de Vichy. París, Ed. Du Seuil, 1987.

[9] Ricoeur, Paul. La memoria, la historia, el olvido… Op. Cit.

[10] Ibíd., p. 575

[11] Traverso, Enzo. Memoria, olvido, reconciliación