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Exilio Chileno 1973 – 1990

  • CONSECUENCIAS DEL EXILIO
  • COMO SE VIVE EL EXILIO
  • PRODUCCION ARTISTICO-CULTURAL
  • EXILIO Y MEMORIACEDOC-CCHDH

 

(Carmen Pinto Luna)

Introducción

 

Los exilios han sido identificados en la historia como el resultado de exacciones de los Estados hacia sus sujetos o ciudadanos, por razones religiosas, políticas, étnicas, entre otras. En el caso de los exilios recientes del llamado tercer mundo fueron ocasionados por situaciones que acumularon a la vez razones políticas, sociales y, económicas.

Pero el exilio no es sólo un tema político, social o económico, en por sobre todo, un drama humano. “De esa huida forzosa que obliga a la gente a abandonar su tierra y buscar un lugar para vivir en latitudes que les resultan ajenas, proviene la visión del exilio como un accidente doloroso del que generalmente no se habla”, (Oñate, 2005).

El exilio en Chile es un tema que tiende a ser borrado, es como si no fuese parte de las violaciones de los derechos humanos ni causado por el golpe de Estado que derrocó al gobierno de Salvador Allende y desató una persecución política obligando a miles de hombres y mujeres a salir al exilio, incorporando a sus hijos.

Para Jorge Barudy el exilio no es nunca la realización de un deseo, sino más bien una elección forzada, por lo tanto una ruptura brutal de la historia personal, atrás se dejan amigos y familiares, trabajos y roles sociales, así como elementos centrales de una identidad nacional: costumbres, formas de vida, etc. El exilio es un trasplante brutal, que se acompaña de un proceso de duelo por la pérdida, en grados diferentes, de una pertenencia social e institucional, así como, de una crisis de identidad y de culpabilidad que en muchos casos entorpecen la adaptación a un nuevo país. Pero significa también objetivamente una situación de opresión por los grados de marginalización y discriminación social, cultural, racial inherentes a la condición de extranjeros[1].

Ana Vásquez define el exilio como un castigo que se les impone a las personas privándolas del derecho de vivir en su propia patria, la que se vive en general como una injusticia e impone el regreso como único medio de reparación, es probablemente una de las razones por las cuales la idea de retorno es uno de los mitos constitutivos de la comunidad en exilio. Para los chilenos el exilio y el retorno al país se acoplan como una causa y su consecuencia, el retorno se impone por lo tanto como el único fin lógico. (Vásquez, 1988).

Exilio chileno

Si bien el exilio político es conocido en Chile desde la época de las luchas independentistas del siglo pasado, adquiere una connotación particular a partir del advenimiento y puesta en práctica de la Doctrina de la Seguridad Nacional impuesta al momento del golpe de Estado militar del 11 de septiembre 1973. Esto constituye un fenómeno inédito en la historia del país, no tiene precedentes en cuanto a los factores y condiciones que originan la salida, por el número de personas involucradas, su composición social y los lugares de destino.

La constitución de 1925 estableció en el artículo 10, número 15, el derecho de todo chileno a entrar y salir libremente del territorio nacional. Pese a ello y contraviniendo la Constitución, el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, trastocó inexorablemente la existencia de miles de ellos. “A partir de entonces y en un escenario de continuos atropellos a los derechos fundamentales, miles de chilenos se asilaron en representaciones diplomáticas, otros fueron expulsados y a un apreciable número que conmutó penas de presidio por extrañamiento se le prohibió regresar al país al término de su condena”. (Aguirre y Chamorro, 2008).

Una parte importante de militantes y simpatizantes de la izquierda temieron por su seguridad, el miedo a perder su propia vida o arriesgar la seguridad de un familiar fue el factor decisivo a la hora de que miles de personas buscaron asilo. Otro tanto fueron detenidas y lanzadas fuera de las fronteras del país sin más opción. Partieron también al exilio exonerados de distintas actividades, comenzó entonces el éxodo. Lo que iguala esta población es haber sido todos blanco de la dictadura por ideas políticas reales o imaginarias y ser juzgados como peligrosos por el régimen.

En una primera etapa, una parte importante de exiliados permaneció en América Latina, en particular en Argentina, pensando que el exilio sería de corta duración y era mejor estar cerca, también recibieron el exilio chileno países como Venezuela, Perú y México.

Más allá de las fronteras latino-americanas, Canadá, Australia, Suecia, Holanda y los países latinos de Europa: Francia, España, Italia acogieron a los chilenos, El exilio se dispersa así en 45 países diferentes, constituyendo el inicio de una diáspora.

Más tarde partieron también sus parientes más cercanos acogiéndose al Plan de Reunificación Familiar de ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados). Muchos aparecerían años después en listas de prohibición de ingreso, en tanto que otros se encontraron con que al renovar su pasaporte en un consulado se les extendía con la limitación de que no era válido para ingresar a Chile pues llevaba estampada una letra “L”, o que al presentar sus documentos en Policía Internacional se les negaba el ingreso a territorio nacional.

Para expulsar del país a los afectados y mantenerlos fuera de él, el gobierno se amparó en las atribuciones emanadas de los diversos estados de excepción jurídica que estableció durante su gestión. Con ese propósito dictó un conjunto de decretos exentos que facultaron al Ejecutivo para este proceder arbitrario.

Entre los decretos más significativos están:

El decreto ley 81: “Los que hubieren abandonado (el país) sin sujetarse a las normas establecidas, habiendo sido expulsados u obligados a abandonar el país o estuvieren cumpliendo penas de extrañamiento, no podrán regresar sin autorización del Ministro del Interior, la que deberá solicitarse a través del consulado respectivo. El Ministerio del Interior podrá denegar, fundamentalmente, por razones de seguridad del Estado, la autorización solicitada”[2].

El decreto ley 604: “Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de las personas nacionales o extranjeras, que a juicio del gobierno constituyan un peligro para el Estado (…) Tratándose de chilenos, el Ministerio del Interior dictará un decreto supremo prohibiendo su ingreso al país y la autoridad administrativa correspondiente ordenará la cancelación del pasaporte, en su caso”[3].

Los decretos llevaban sólo la firma del Presidente de la República y del Ministro del Interior y no estaban sujetos a la fiscalización de la Contraloría General de la República ni a la obligatoriedad de su registro y publicación, por lo que los afectados nada sabían al respecto.

La Constitución de 1980 reguló los estados de excepción y facultó al Presidente de la República para expulsar del país o prohibir el ingreso a él “a los que propaguen doctrinas a que alude el artículo 8 de la constitución, a los que estén sindicados o tengan reputación de ser activistas de tales doctrinas y a los que realicen actos contrarios a los intereses de Chile o constituyan un peligro para la paz interior”[4].

Hasta el momento del golpe militar, Chile no era un país de emigración, los chilenos escasamente se expatriaban y cuando lo hacían, se trataba sobre todo de una emigración fronteriza. El exilio chileno se constituyó en un proceso difícil y complejo, porque a pesar de que exista una creencia de que el chileno es “pata de perro” ésta se refiere más bien a un espíritu aventurero y “buscavidas”.

Sobre el número de chilenos que partió al exilio las cifras son vagas y difusas, y hasta hoy no hay un consenso sobre el número exacto de personas que se vieron afectadas. La Vicaría de la Iglesia católica hacia los años 80 estimaba que el exilio chileno superaba el millón. El año 2009 el diario El Mercurio decía que se estimaba que los exiliados chilenos eran más de 800 mil. En definitiva, nadie sabe exactamente cuántos hombres, mujeres y menos aún, cuantos niños salieron de Chile huyendo de la dictadura o de sus consecuencias económicas.

Según la Liga Chilena de los Derechos Humanos, fueron 400 mil los chilenos que debieron abandonar el país por razones políticas (Bolzman, 2002). Por su parte el Instituto Católico para las migraciones calcula en un millón los chilenos que habrían abandonado el país entre 1973 y 1977 (Chile-América, 1977), lo que representa un 10% de la población de ese entonces.

En lo que si hay consenso es a la hora de señalar que el destierro significó un gran dolor, y un giro en 180 grados en sus vidas, tanto para los que partieron, los que trataron de iniciar una nueva vida, los que retornaron, los que decidieron quedarse por razones diversas, principalmente de salud, o por haber echado raíces en una segunda patria, todos además coinciden en que el exilio nunca fue dorado.

Consecuencias del exilio

El exilio provocado a partir de septiembre 1973 tiene como objetivo desarraigar grupos de personas comprometidos con un proyecto de cambio social, separándolos de su base política, cultural, familiar, etc., dificultando así su acción y su concertación al dispersarlos a través del mundo. La dictadura en plena posesión de todos los elementos del poder buscó internalizar en el opositor un sentimiento de derrota estratégica, de aislamiento, de desesperanza.

Como toda experiencia vital, se vive en forma diferente por cada persona, dependiendo del marco social en que se inserta, de la estructura de personalidad, de la escala de valores que determina su conducta y de la situación concreta de vida política, laboral y familiar que antecede y acompaña a la experiencia de exilio. La tristeza de la derrota unida al desarraigo, a los sentimientos de culpa por haber abandonado el país, los recuerdos de la prisión, tortura, asesinatos y desapariciones, dificultaron la adaptación. “Además era constante la preocupación por los familiares, parientes y amigos dejados en Chile, muchos en la cárcel y sin sustento económico”. (Oñate y Wright, 2005).

Aunque se aceptan a nivel racional las causas políticas y los efectos sociales del exilio, sus consecuencias a nivel personal y familiar son vividas en singular, en el terreno subjetivo del individuo y del grupo. Con frecuencia estos efectos se ven agravados por las dificultades de comunicación, principalmente en países europeos con un idioma diferente, lo cual impide asumir una respuesta social adecuada.

En el caso de Chile, junto con el exilio político se constituyó un exilio llamado económico, el desempleo, condición consustancial a la implementación de un nuevo modelo político y económico, es en la práctica una forma más de represión que afectando a trabajadores, técnicos y profesionales, obliga a miles de ellos a buscar horizontes en otros países. Como lo señala Marina Franco, la decisión personal de abandonar el país se produce porque juzgaron su permanencia en el país “de alto riesgo para la supervivencia propia o de los seres cercanos, o porque las condiciones represivas prohibían el ejercicio de una profesión política, cultural o laboral”. (Franco, 2008).

Es claro, que los emigrantes chilenos que huyeron del país consecutivo al golpe de Estado fueron refugiados que huían de la represión política. No podría haber, en efecto, situación más clara en el caso chileno luego del golpe militar, y parece casi indecente hacerse la pregunta si tuvieron que partir de manera forzada, es claro que esta fue, aún por razones económicas, asociada a la idea de una necesidad imperiosa o forzosa. Las formas de represión vividas por cada uno: detención, tortura, muerte o desaparecimiento de algún familiar o amigo, condicionaron también esta decisión.

Sabemos que los exiliados, en su gran mayoría, pensaban constantemente en el retorno y es ahí donde el exilio chileno se diferencia de otras migraciones de tipo económico, para estos últimos el regreso es en cualquier momento posible. “Quienes salieron de manera forzada, no pueden retornar al país sin exponerse a los riesgos de los cuales huyeron. Por lo demás, cuando una persona se beneficia de una protección internacional acordada por la Convención de Ginebra, no puede reclamar la protección de su país ni puede volver a él sin riesgos de perder el estatuto de refugiado. (Gaillard, 1997).

 Cómo se vive el exilio

El exilio se vive en una primera etapa de forma ambivalente. El país de acogida aparece fraternal y protector, se establecen nuevas relaciones entre los compañeros de exilio, se mantiene una importante actividad grupal en tomo a la situación política y a la búsqueda de solución a los problemas inmediatos. “Trabajaron sin tregua en la arena política denunciando internacionalmente las violaciones a los derechos humanos y la represión de la dictadura, pavimentando el camino a una eventual restauración de la democracia”. (Oñate y Wright, 2005).

Al mismo tiempo se vive una situación de aislamiento y desarraigo gratificada por un “estoy aquí, pero no pertenezco”. Las casas de los exiliados eran como un país en miniatura:

“Hablábamos español al interior de la casa, estaban las fotos de Allende y de Víctor Jara, escuchábamos los discos de los Quila (…) La familia, desde Chile, tejió un red de amor, conectándonos a través de cartas, dibujos, conversaciones grabadas”. (Ismael, nacido el año 1975 en Francia).

El choque cultural se manifiesta en formas y períodos diversos. El exiliado vive una situación disociada entre los requerimientos inmediatos de adaptación y sobrevida que le imponen las condiciones del país y el anhelo siempre presente de retornar a la patria. La gran mayoría vivió muchos años de exilio sin deshacer las maletas:

“mi mamá tenía las maletas literalmente listas, porque pronto volveríamos a Chile, nunca estuvo en nuestra familia la idea de quedarnos en otro país, por eso tampoco solicitamos la nacionalización”. (Sebastián, partió al exilio junto a su madre y hermano mayor el año 1976 antes de cumplir un año).

La patria se idealiza petrificándola en formas pretéritas conservadas en el recuerdo. En ocasiones los análisis políticos hacen creer “que antes de fin de año estaremos de vuelta”, lo que refuerza el sentimiento de transitoriedad:

“Siempre tuvimos un sillón que recogimos de la calle, mi papá lo tapizó y, una mesa que nos regalaron a la cual mi papá le puso una tabla para agrandarla, en los once años de exilio nunca la cambiamos”. (Angélica, partió el año 1974 con su madre y hermana menor a la edad de 5 años a Francia para reunirse con su padre).

La ruptura del proyecto vital del exiliado, la pérdida de un pasado que no logra unir coherentemente con su experiencia presente, la pérdida de status político, social, laboral, los obstáculos que encuentra para que una sociedad ajena lo reconozca en lo que es o intenta ser, genera una crisis de identidad. (Vásquez, 1988).

Se fortalecen entonces mecanismos de defensa que incluyen, entre otros, el reforzamiento de patrones tradicionales de relación intrafamiliar, la reclusión en un marco de interacciones estrechas (el grupo partidario, el núcleo de chilenos), el refugiarse en la noticia sobre y desde Chile, la que se vive siempre con atraso, las comunicaciones no eran lo que conocemos hoy, el contacto con las familias y amistades se hace a través de cartas o casetes grabadas. Se estructura de esta manera una cierta atemporalidad en la vivencia cotidiana.

La actitud de “viajero en tránsito” con que muchos exiliados vivieron en el exterior limitó a veces el aprovechamiento de oportunidades de formación, perfeccionamiento o aprendizaje que exigían una permanencia prolongada: ¿qué sentido podía tener iniciar el estudio de un oficio o profesión que duraría varios años si mucho antes retornarían a Chile?

En esta etapa se vivió como si cada cual hubiese asimilado los versos de Beltold Brecht:

No pongas ningún clavo en la pared, tira sobre una silla tu chaqueta. ¿Vale la pena preocuparse para cuatro días? Mañana volverás. No te molestes en regar el arbolito. ¿Para qué vas a plantar otro árbol? Antes de que llegue a la altura de un escalón alegre partirás de aquí. Cálate el gorro si te cruzas con gente. ¿Para qué hojear una gramática extranjera? La noticia que te llame a tu casa vendrá escrita en idioma conocido. (            Meditaciones sobre la duración del exilio)

Pero el tiempo pasa, se eterniza y hay que trabajar. En la actividad de todos los días, están las denuncias, las huelgas de hambre, las marchas, los conciertos, las exposiciones, las mesas redondas, las empanadas, los esfuerzos tenaces, multitudinarios y a menudo sorprendentes por mantener vivas las verdaderas tradiciones de la cultura nacional, la portentosa y enorme creación de tantos chilenos y chilenas en el campo de las artes, pintura, música, escultura, danza, literatura, teatro, cine:

“Mi mamá hizo una huelga de hambre en una iglesia en Paris, sentía que era importante para ella, mi abuelo estaba desaparecido, ahora de grande me doy cuenta que era peligroso para su vida, ella estaba flaca, muy flaca y, también depresiva, pero eso lo calibro ahora”. (Angélica).

En el ámbito cultural se produjo una fractura de un proyecto de vida, se abandona un país marcados por la inseguridad, como consecuencia de la violencia proveniente de los aparatos de Estado, quienes deberían por el contrario proteger a sus ciudadanos. Reitero, la noción de migración forzada en el caso chileno es la consecuencia de un fenómeno político y social que pone en tela de juicio uno de los aspectos fundamentales de la vida de las personas: su propia seguridad física o moral y/o la de sus familias, su libertad, o el ejercicio de su profesión. Para los refugiados chilenos de la primera hora, pero también para los que siguieron, la migración forzada fue el hecho dominante.

 

La producción artístico-cultural del exilio

La producción artístico-cultural es muy importante. El año 1993 se publicó en Santiago una investigación bibliográfica acerca del exilio chileno y la cultura, la cual contiene 1.068 entradas de libros publicados en 37 países, lo que constituye sólo una visión parcial de las obras escritas fuera del país entre septiembre de 1973 y diciembre de 1989. Posteriormente se fueron agregando nuevos antecedentes, datos acerca de la pintura, de la música, del cine y del teatro; de la fotografía, de la gráfica, de las revistas, de las editoriales y de la literatura nacidos en el destierro.

Es muy posible que haya influido en el accionar de los desterrados la tendencia de la política cultural que se trató de implementar en Chile en el período de la Unidad Popular, cuando se intentó impulsar y difundir la creación cultural individual y colectiva. Según diversos estudiosos del quehacer de los trabajadores culturales desterrados, se visualizan tres temáticas en su desarrollo: etapa de denuncia o testimonial; etapa en la que se expresan las vivencias del exilio y en la que aparece el fenómeno de la latino-americanización; y etapa de renovación temática y técnica, con mayores exigencias e integración al medio. (Aguirre, Correa, Chamorro, 1993).

Los pintores desarrollaron una peculiar forma de trabajo en el destierro. Además de montar sus exposiciones individuales o colectivas en diversos países, se agruparon para formar las Brigadas de Pintura Mural. Estas, enraizadas en el trabajo desplegado en Chile con anterioridad al golpe militar, incursionaron con rapidez en la vida pictórica extranjera. Las brigadas comenzaron a proliferar para dejar su marca en países como Francia, España, Alemania y Bulgaria, en ellas participaron no sólo sus impulsores como José Balmes, Gracia Barrios, Guillermo Núñez, Sotelo, Irene Domínguez, Cecilia Boisier, entre otros, sino que también pintores más jóvenes.

Junto a lo anterior, y tanto por la repercusión del trabajo realizado por los pintores desterrados como por el deseo de dar continuidad a la interrumpida iniciativa del Museo de la Solidaridad de Santiago, estos artistas impulsaron la formación del Museo de la Resistencia Salvador Allende, cuyo Comité para Francia quedó integrado por personalidades como Louis Aragón, Louis Althusser, Roland Barthes, Julio Cortázar, Antonio Saura, Alain Touraine y otros de igual prestigio. Este museo se inauguró en la ciudad de Nancy el año 1978 con obras aportadas por artistas de América Latina, Estados Unidos y Europa, para recorrer después en forma itinerante varios países.

En esta etapa empieza también a difundirse por diversos países el trabajo artesanal realizado por los presos políticos y por los familiares de los detenidos desparecidos, principalmente las arpilleras. (Tapices confeccionados con telas rústicas y trozos superpuestos, cuyo contenido junto con ser una obra de arte es de denuncia de los crímenes contra los derechos humanos en Chile. Quienes iniciaron este tipo de trabajo el año 1974 fueron las esposas de detenidos desaparecidos).

Una cinematografía nacional surgió y se desarrolló fuera de las fronteras del país, realizándose ya durante los primeros diez años de exilio 178 películas. Según la apreciación de diversos cineastas, en la temática de esos años se visualizan cuatro líneas de trabajo: la de la denuncia, o “Cine de la resistencia” según Miguel Littin; la del exilio; la de la latino-americanización, o sea llevar a la pantalla los procesos revolucionarias del continente; y la de la “ecranización”, es decir, la tendencia a buscar temas en la literatura hispanoamericana y llevarlos a la pantalla. (Mouesca, 1980).

Con respecto al teatro, fueron forzados a dejar el país grupos de tanta trayectoria como el Teatro Angel, Los Cuatro de los hermanos Duvauchelle, el Aleph, los Mimos de Noisvander, el Teatro Nuevo Popular; entre otros. En el destierro se formaron grupos teatrales tales como el Teatro de la Resistencia de Chile, en Francia; el Teatro Lautaro, en la República Democrática Alemana; el Teatro de Artistas Independientes, en Costa Rica; el Teatro Pedro de la Barra, en México; la Compañía El Volcán, en Canadá; el Teatro Ekin-Quebec, en Canadá; la Compañía Chilena de Teatro, en España; la Compañía Iberoamericana de Teatro, en España; el Teatro Latinoamericano de Colonia, en la República Federal Alemana; el Teatro Chileno de Estocolmo, en Suecia; el Teatro Latinoamericana Sandino, en Suecia; el Teatro Popular Chileno, en Inglaterra; el Teatro Chileno de Mimos, en Inglaterra; el Teatro Chileno de Cambridge, en Inglaterra. (Aguirre, Correa, Chamorro, 1993).

Los fotógrafos exiliados, como el resto de los trabajadores de la cultura, mantuvieron un estrecho contacto con sus pares que permanecieron en Chile. Realizaron exposiciones conjuntas o individuales en algunos de los países de acogida y exhibieron sus trabajos en diversos actos convocados por organizaciones de solidaridad y defensa de los derechos humanos. En este quehacer, mostraron nuevas vivencias y aprendizajes, o bien volcaron una mirada nostálgica o combativa a través de su lente. Parte de este trabajo ha sido reproducido en libros y revistas. Destacan René Dávila, Fernando Orellana, Rodrigo Rojas y Jorge Triviño (Aguirre, Correa, Chamorro, 1993).

En el ámbito de la literatura, cuatro de las llamadas “generaciones literarias” se entrelazaron en los múltiples países de acogida produciendo una obra distinta a la escrita en esos años en Chile, debido, en parte importante, a la carencia de censura para sus publicaciones. En ese mosaico multi-generacional estuvo presente la generación del 42, con Carlos Droguett, Fernando Alegría, Volodia Teitelboim, Guillermo Atías, entre otros; la generación del 50 con Hernán Valdés, Alfonso Alcalde, José Donoso y Jorge Edwards; la generación de los nuevos narradores, la más numerosa del destierro, con Antonio Skármeta, Poli Délano, Ariel Dorfman, Omar Lara, Mauricio Wacquez, Leandro Urbina y tantos más; y por último, la generación que emergió en el exilio, representada, entre otros, por Isabel Allende, Soledad Bianchi, Mauricio Redolés y Gonzalo Santelices (Aguirre, Correa, Chamorro, 1993).

Araucaria de Chile fue posiblemente una de las revistas que tuvo mayor repercusión, por la capacidad que tuvo de agrupar en torno suyo a gran parte de los más destacados escritores, artistas e intelectuales del exilio no sólo chileno, sino latinoamericano. Fundada en 1978, fue dirigida por Volodia Teitelboim, y logró desde sus inicios hacer confluir en sus páginas el pensamiento y la obra de numerosos artistas e intelectuales, llegando en su momento de mayor auge a más de 37 países, y hoy es una de las fuentes privilegiadas en la reconstrucción de la memoria.

En el ámbito sindical, con la creación del Comité Exterior de la CUT, cuyo rol fue de denuncia pero también de contacto y apoyo al movimiento sindical al interior del país, se editó un boletín en el cual pudieron colaborar cientos de personas, manteniendo así un lazo estrecho entre los trabajadores diseminados en varios países y las organizaciones que permanecieron o se reconstruyeron en el interior.

Empero, el exilio es algo que no cesa de golpear en el corazón resonando a cada instante recordando la lejanía del país, donde ya es imposible regresar sin autorización de las autoridades, de donde tuvieron que partir miles de personas, y si bien fueron aceptados en un país de acogida, encontraron un refugio, nunca estuvieron las voces, las palabras, la música, ni los colores del país propio.

Tal vez la sensibilidad de los poetas es la que mejor refleja lo que es el exilio, Pablo Neruda en Memorial de Isla Negra lo describe con estos versos:

El destierro es redondo: un círculo, un anillo: te dan vuelta tus pies, cruzas la tierra, no es tu tierra, te despierta la luz, y no es tu luz, la noche llega: faltan tus estrellas, hallas hermanos: pero no es tu sangre.

 Exilio y Memoria

Al articular el concepto de memoria en el espacio público en lo referente al exilio asistimos a que dicha categoría analítica está afecta a un vaciamiento de su propia palabra en un contexto post dictatorial que ha naturalizado el orden social. Para Nelly Richard la condición “post” no puede sino evocar un constante pensamiento sufriente atrapado en el recuerdo del ayer y la injusticia del hoy, vaciándose la densidad de la propia historia que transita entre el querer olvidar – recordar, quedando ésta exiliada a ser una narrativa del no acontecimiento. (Richard, 1998).

El exilio ha sido la violación a los derechos humanos que menos ha sido tematizada desde el punto de vista de la violación como tal y su probable y necesaria reparación. A la negación en el discurso social del exilio como una experiencia limite se agrega la ausencia de espacios colectivos donde dicha vivencia pueda ser reflexionada. “Así, por ejemplo, en las conmemoraciones del trigésimo aniversario del golpe de Estado en Chile, un tema ausente de las discusiones sobre la memoria fue, precisamente, el exilio y el retorno. Los seminarios, debates y mesas redondas no lo abordaron, probablemente porque no lo consideraron importante”. (Rebolledo, 2006).

La estigmatización de los exiliados desde la derecha pinochetista, cuyas expresiones se refieren a ellos como “los vendepatria”, protagonistas de “el exilio dorado”, coincide con cierto desprecio manifestado por sectores de la izquierda, que los tildaron de “cobardes”, “los que se salvaron”, “los que abandonaron la lucha”. (Rebolledo, 2006).

El fenómeno del exilio, sin embargo, es mucho más que un accidente en la biografía de muchos desterrados, pervive en la memoria de quienes vivieron esa experiencia, existiendo diferentes memorias, entre las cuales las más notorias son el exilio como traición y, el exilio como oportunidad.

El primero se entiende como la ruptura de un pacto de fidelidad o de lealtad, con sus compañeros, con su partido político, con los amigos. “Siento que traicioné mis principios, todos mis paradigmas, cuando tuve que salir al exilio, cometí errores que llevaron a la prisión a mis compañeros”. (Pedro, dirigente universitario, que debó huir al exilio el año 1986, sin embargo su retorno saldó esa culpa, sus compañeros agradecieron que se hubiese marchado, lo que evitó daños mayores en la organización.

El exilio como oportunidad, es uno de los aspectos positivos de la experiencia: capacidad de organizar campañas de denuncia y de solidaridad con los compañeros que quedaron en el país, con los prisioneros políticos, con los familiares de detenidos desaparecidos, también la posibilidad de apertura al mundo, de vivir un pluralismo cultural, esto lo viven en particular los hijos de exiliados quienes relatan que el hecho de asistir al colegio con árabes, negritos, portugueses y toda una variedad de emigrantes los hizo más tolerantes y comprensivos ante la diversidad cultural, social y, étnica. Otra dimensión no menor fue la posibilidad de desarrollarse profesionalmente.

En entrevistas realizadas en Junio-Julio 2012 a hijos de exiliados-retornados de Francia, se hace evidente que sus memorias pugnan por abrirse paso negándose al olvido, reconocen la validez de la lucha de sus padres, en muchos casos han tomado “la antorcha” que les dejaron, con orgullo y responsabilidad. Obviamente el tiempo ha trabajado de manera diferente en cada uno de ellos, pero todos vehiculan una memoria de la cual se sienten herederos y si bien no se consideran víctimas, asumen que sus vidas son la consecuencia del exilio de sus padres.

Como ya se ha dicho, el exilio en Chile no es un tema de conversación pública. Es como si nunca hubiese existido, es como si el retorno haya sido una compensación al castigo, y con eso se cierra el paréntesis en las vidas de tantas personas, a las que se agregan las generaciones siguientes, hijos y nietos. Un muro invisible sigue separando a los que se quedaron con quienes salieron, eufemismo que sortea nominar el drama, y en el que subyace el miedo y desconocimiento de los unos sobre los otros.

El exilio no tiene fecha ni lugar para recordarlo, nos dice Loreto Rebolledo. No hay memoriales, placas, museos ni otros aspectos materiales. Sin embargo, agrega, en cada exiliado perviven los recuerdos a partir de los cuales es posible reconstruir una memoria social sobre el exilio y el retorno. (Rebolledo: 2006).

Miguel Varas, premio nacional de literatura 2006 dice al respecto: “del exilio se habla poco en Chile, no es un tema cómodo ni agradable para el poder, es francamente insoportable para la derecha. Los medios no lo consideran adecuado, no es un tema vendedor ni tienen rating televisivo”.

Pero sobre todo, no se habla de la historia del exilio. Es una historia muy difícil de escribir. Se trata de las vidas truncadas y recomenzadas en más de 50 países de todos los continentes de un millón de compatriotas. ¿Cómo registrar y dar a conocer la contribución del exilio a la derrota de la dictadura y a la recuperación de la democracia? El modo como ese contingente desgarrado de la patria superó -es lo que sucedió con la mayoría- el peso de la derrota, el extrañamiento, la infinita nostalgia, el “caldo de cabeza”, frase tal vez poco elegante, pero los chilenos exiliados se referían así a su neurótico recuerdo del país. Según Volodia Teitelboim, este trastorno incluía esperanzas irracionales con el regreso de la democracia, o hasta del advenimiento del socialismo. La tenacidad de quien lo sufría era exasperante y concluía en la depresión. De seguro era como una espiral de raciocinios, o un diálogo de un yo arbitrario con un otro ausente, decidido a encerrarse entre cuatro paredes.

En Chile es muy común la expresión “tomar caldo de cabeza”, para referirse a pensar mucho en algo, o estar preocupado constantemente de algo,

Cada cual habla del exilio sobre su propia experiencia y sentir. Para algunos fue una tragedia personal sin remisión; algunos se suicidaron no pudiendo soportar la vida fuera de su hábitat natural, para muchos fue una oportunidad de estudiar, de adquirir una conciencia más profunda de lo que somos como país, de la historia y del futuro deseado, Hubo también los que se extrañaron, los que quisieron dejar atrás lo vivido en Chile e iniciar una vida nueva. Son los menos.

Conclusión

Como se puede constatar, a diferencia de migraciones precedentes, ésta no involucra sólo a una elite, sino que de igual manera a dirigentes y militantes de partidos políticos y hasta simples simpatizantes y a personas comprometidas con diferentes movimientos sociales. Además y, por primera vez, los chilenos serán expatriados a otros continentes, en particular en Europa, pero también en América del Norte y en Australia.

Se podría decir que si el retorno no se ha completado en el caso de los chilenos, se debe a que Chile no ha solucionado aun sus problemas de memoria, el país parece haber sido marcado mucho más fuertemente que sus vecinos, y continúa a estar muy tensionado. La derecha conservadora ha mantenido el monopolio de los medios de comunicación y otros enclaves pinochetistas.

El golpe de Estado no fue visto como algo negativo, en la época, por los sectores de derecha, mientras que toda la izquierda, chilena y extranjera, y en particular en Europa, lo condenó unánimemente. Hoy en día sus consecuencias son visibles en el conjunto de la sociedad chilena que se construyó a la sombra de ese golpe de Estado. Tanto la vida política como las instituciones continúan hoy día a reflejar esta dicotomía entre una derecha conservadora y una izquierda reformadora, situación que alienta a que el pasado no pase. Los gobiernos de la concertación elaboraron una memoria desde el Estado, para preservar el orden y asegurar el consenso, excluyendo otras memorias.

Por otra parte, hay una tarea pendiente, la deuda que tiene Chile con el mundo, con los pueblos que generosamente abrieron sus puertas, sus brazos, a los exiliados.

 

Bibliografía

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Claudio, Bolzman (2002) De l’exil à la diaspora: l’exemple de la migration chilienne, Revista Autrepart, nº 22 de Mayo 02.

Foucault, Michel (2008). Vigilar y Castigar. Nacimiento de la Prisión. Buenos Aires: Siglo XXI.

Franco, Marina (2008) El exilio, Argentinos en Francia durante la dictadura. Buenos Aires: Siglo XXI.

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Mouesca, Jacqueline. (1980). Plano secuencia de la memoria de Chile. Veinticinco años de cine chileno (1960-1985). Madrid, España: Ediciones del Litoral

Oñate, Rody; Wright, Thomas; Espinoza, Carolina; Soto, Andrea; Galleguillos, Ximena (2005) Exilio y retorno. Santiago de Chile: Lom.

Rebolledo, Loreto (2006) Memorias del desarraigo. Testimonios de exilio y retorno de hombres y mujeres de Chile. Santiago de Chile: Catalonia.

Richard, Nelly (1998). Residuos y Metáforas. Ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la Transición. Santiago: Cuarto Propio.

Vásquez, Ana y Araujo, Ana María (1988) Exils latino-américains: La malédiction d’Ulisse. Paris: Ciemi L’Harmattan.

[1]Colat: Collectif Latino-Américain de Travail Psycho-social, en Informe de FASIC 17.25 de 1980 p.3

[2] Diario Oficial, del 6 de noviembre de 1973, Decreto Ley 81, artículo 3

[3] Decreto Ley 604 del 10 de agosto 1974

[4] Artículo 41 letra c